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El secreto del Levante para enamorarnos a todos


Cuando el Levante está en 1ª, algunos aficionados del Valencia no pueden resistir decir que los dos partidos de derby equivalen a seis puntos seguros. Patinazo. El equipo de Mestalla jamás ha ganado ambos partidos en Liga.

La anécdota ilustra el caracter resistente de ese otro equipo de Valencia. Lo podemos explicar también en cuatro segundos, los que le bastaron a Ballesteros para ganarle un sprint con 36 años a Cristiano Ronaldo.

Un presidente adolescente en la playa

Para entender el Levante hay que ir a la playa. Concretamente a la platgeta del Cabanyal, el barrio marinero que el ayuntamiento se ha emperrado durante dos décadas en desfigurar -sin éxito gracias a la movilización vecinal- a base de planes de urbanismo que querían cargarse 1600 casas. Ahí empezó todo, entre críos y trabajadores portuarios, cuando en 1907 nació el Cabanyal FC.

Fue clave un maestro progresista, de esos que creían firmemente que el deporte ayudaba a educar, Vicent Ballester. El “mestre Vicentico” sacaba a sus alumnos a jugar a la playa y allí, inevitablemente, compartían arena y patadas con marineros locales e ingleses, que años antes habían hecho de la platgeta el primer escenario de un partido de fútbol en Valencia.

Uno de los hijos de Vicent, José Ballester Gozalvo, se convirtió en el primer presidente del Levante FC cuando en 1909 el Cabanyal se reinscribió con ese nombre. Tenía solo 16 años.

El camino del club hasta los años treinta no fue fácil. Por el camino, una desaparición seguida de una refundación, la aparición de un Valencia CF que desde el inicio quiso ser el club hegemónico de la ciudad y otro dato que sirve para situar socialmente el Cabanyal: en una de sus playas nació la Federación Anarquista Ibérica en 1927.

Por su parte, Ballester Gozalvo, el ya expresidente adolescente, había fundado el jacobino Partido Republicano Radical Socialista, con el que llegó a ser alcalde de Toledo en 1931. Para cuando los franquistas den su golpe de Estado, le habrá dado tiempo a ser encarcelado durante la revolución del 34, liberado con el Frente Popular del 36 y a ostentar aquel verano un cargo en el gobierno republicano. No sería la única relación del Levante con la guerra.

Campeón antifascista

“Salvador Artigas fue aviador republicano y Agustinet estaba en el frente y tenía que pedir permiso para jugar con el Levante”, recuerda sobre algunos jugadores Felip Bens, escritor, historiador como coautor de la monumental Història del Llevant UD, de 3.200 páginas, y firmante de las columnas must-read del levantinismo actual, de nombre precisamente ‘Bombeja Agustinet’.

Artigas, en efecto, pasó del fútbol a los mandos de un Polikarpov ruso -fue el único que pilotó uno sin haber sido instruido en la URSS- y de ahí, vía pérdida de la Batalla del Ebro, a los campos de concentración franceses. El último avión republicano que salió de España lo llevaba él.

Los franquistas no pudieron parar el fútbol republicano. Con una federación descentralizada, se jugaron 450 partidos oficiales en territorio leal al gobierno. Y poco antes de que la FIFA reconociese vergonzosamente a la España de Franco como la única oficial, al Levante le dio tiempo a ganar su único título. La Copa de la España Libre reunía a los cuatro mejores equipos catalanes y valencianos -terreno aun resistente al avance fascista-, los actuales Levante, Espanyol, Valencia y Girona. El Barcelona, que había evitado por los pelos ser colectivizado por la CNT, prefirió embarcarse en una gira por América.

El torneo tenía el OK de la federación central y la prensa de la época, como Mundo Deportivo, la trató como la legítima Copa de España. La final fue un derby en Sarrià entre los dos equipos de la capital de la República. El Levante ganó 1-0, pero el levantinismo sigue luchando por su oficialidad: hace ya diez años que el Congreso de los Diputados aprobó por unanimidad una propuesta en la que insta a la renuente Real Federación Española de Fútbol a otorgar reconocimiento al título.

Perdida la democracia, Ballester Gozalvo fue uno de los miles de exiliados, participando en el gobierno en el exilio. El niño que jugaba en la playa del Cabanyal nunca pudo volver a pisarla, pero fue enterrado en París con una bandera republicana, la senyera y arena traída de allí.

Los años de plomo

La posguera significaría la fusión con el equipo jesuita del Gimnástico y un nuevo uniforme: del blanquinegro al azulgrana de ese club. También una mudanza a un nuevo campo, precisamente el de Vallejo a la orilla del río Turia. “El 80% de la gente que iba allí lo hacía desde El Cabanyal”, apunta Bens.

Para la historia queda su imagen inundada tras la riuà del 57, la gravísima riada que dejó 81 muertos al desbordarse el Turia. La dictadura reaccionó tan tarde y mal con las ayudas que el alcalde de Valencia se quejó y Franco le cesó.

Se alternarían la Segunda División y la Tercera con algún intento frustrado de subir a Primera, que no llegaría hasta 1964. El Levante construirá un nuevo estadio, el definitivo hasta hoy, en el barrio de Orriols. Se inauguró seis años más tarde de lo previsto, en 1969, y con el equipo jugando en Tercera.

En 1973 llegó – como estrella y poco antes de negarle el saludo a Pinochet– Carlos Caszely. Con él ocurrirá algo llamativo porque se repetirá tres veces: el Levante con un gran crack no carbura especialmente. Aquel año no subio a Primera. En el 76 sí, para luego volver a bajar y que de nuevo en Segunda llegase Cruyff. Nada más bajar del avión, aun en el aeropuerto, el presidente le ponía la insignia de oro y brillantes del club. El holandés jugó diez partidos, el Levante no subió y el club se quedó con un buen descuadre en las cuentas.

Para Bens, “forzar las cosas para llevarse la gloria” de manera cortoplacista ha sido una de las tónicas habituales de algunas presidencias levantinistas. La cosa aun empeoró más. Segunda B y a Tercera por deudas. El único motivo futbolístico de fiesta que tuvo El Cabanyal, según recoge maliciosamente Ramón Usall en Futbolítica, fue el descenso del Valencia a Segunda en el 86.

“Los 80 fueron durísimos”, recuerda Bens. “Al estadio iban 500 o 1000 personas. Prácticamente no había niños que fueran del Levante. Los aficionados más mayores decían que cuando se murieran ellos no iba a quedar ningún levantinista”.

“Hasta 2004, a nivel social prácticamente lo único que hace el Levante es perder aficionados”, resume el granota. Ese año, justo tras un tercer intento glamuroso y frustrado de ascender con Mijatovic, el Levante de Manolo Preciado es de Primera.

Más niños que en la vida

En la última década el Levante ha subido a Primera dos veces, pero esos no son sus únicos logros. En 2013 el club llegó a octavos de la Europa League. La gestión del presidente Quico Catalán, que llegó al cargo con 35 años, ha saneado la entidad.

El éxito pasa por enganchar a la afición. Este año, el club ha renovado el abono automáticamente a aquellos socios que hubieran ido al 85% de los partidos de la temporada pasada. El club acaba de batir su propio récord de abonos: 21.000.

Son más de la mitad de los que tiene el Valencia, cuando en el pasado ha habido diferencias de hasta 1/10. El paternalismo de muchos merengots ha dado paso a un a especie de recelo: en 100 años no ha habido menos distancia entre los dos equipos de la capital.

“Al Levante va proporcionalmente más gente de la ciudad que al Valencia”, asegura Bens. También muchos que viven pero no han nacido en Valencia, trabajadores de origen migrante. El precio de la entrada al Ciutat es mucho más económico que el de Mestalla, la visibilidad es muy buena y el ambiente es más familiar. La grada de Orriols también tiene un caracter políticamente más pural.

El equipo sigue sin estrellas, pero los Pedro López, Lerma, Bardhi o Morales se dejan la piel cada fin de semana. En los últimos años, el club ha pagado viajes de sus aficionados, ha mandado a sus jugadores a visitar unos cien colegios y se han invitado a otros tantos alumnos al estadio.

“Hay más niños en la grada de los que he visto en la vida”, dice Bens. El futuro está asegurado.



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