in

La violencia de género no es un tema literario


1.

Fue un momento único en la televisión pública de nuestro país. Por primera vez en la historia, una mujer se atrevía a contar en directo —y con una sangre fría acongojante— que durante los últimos 40 años de su vida había sido golpeada, insultada y maltratada por su ex marido. Era diciembre de 1997 y el testimonio de Ana Orantes pasó tan rápidamente al debate público como lo ha hecho hoy la historia de Juana Rivas: de pronto, todo el mundo parecía tener una opinión formada sobre el tabú que aquella mujer acababa de romper.

Primero estaban los que abrieron los ojos ante un problema hasta el momento silenciado en España. Después, los que se dieron cuenta de que la entonces llamada violencia doméstica merecía un tratamiento más amplio y serio en los medios de comunicación. Y por último, también, los que creyeron que aquello que Orantes narraba pertenecía al ámbito privado, y que airear los problemas que uno tiene en casa sólo responde a un gesto victimista e inútil.

Lo que pocos imaginaban en aquel entonces era que la hazaña de Ana Orantes terminara por convertirse en esa sentencia de muerte que durante años había evitado. A las dos semanas de su aparición en un programa de Canal Sur, José Parejo —el mismo hombre que años atrás se había casado con ella, el mismo hombre con el que compartió cama durante cuatro décadas, el mismo hombre que cada vez que regresaba borracho a casa le tiraba del pelo y le estampaba el rostro contra la pared— acabó con su vida dándole una paliza hasta dejarla inconsciente, atándola a una silla en el patio de su casa, y finalmente quemándola viva.

El ensañamiento y la profunda violencia de este asesinato hicieron que algo se rompiera para siempre en el corazón de la sociedad española. Y, aunque con demasiada lentitud y vaguedad, las campañas de concienciación sobre violencia hacia las mujeres comenzaron a tomar forma y a ser motivo de encendidas discusiones públicas que han durado hasta nuestros días.

El pasado 8 de septiembre, de hecho, fue Sofía Castañón, poeta y Secretaria de Feminismos de Podemos, quien en pleno debate sobre la lucha de Juana Rivas se encargó de recordar la situación en que se encuentra el debate de la violencia machista en España: “el silencio que rompió Ana Orantes, ese gesto que desencadenó que su exmarido la asesinara, abrió la senda para una ley que fue pionera, la 1/2004, y que nos colocó como referente para el Consejo de la ONU.”

Advierte: “hoy no somos referente, por más que digan la Ministra y la Delegada de Gobierno contra la violencia de género. Y hoy Juana Rivas habla en televisión y pensamos que 20 años y una ley no nos han permitido avanzar todo lo que el país que queremos necesita”.

Antes de terminar su declaración, Sofía Castañón también compartió algo que no era otra reflexión personal, sino un poema muy poco conocido de cuya escritura también están a punto de cumplirse 20 años. Es un texto que la profesora vallisoletana María Ángeles Pérez López dedicó a la memoria de Ana Orantes y que formó parte de El ángel de la ira, una plaquette que la autora publicó en 1999. Con el encabezado de “Para Ana Orantes, a quien su ex marido prendió fuego un 17 de diciembre de 1997”, y sin que Pérez López pudiera haberlo sabido en aquel entonces, su emotivo poema sería una de las primeras y escasas aproximaciones a la violencia de género que la literatura española ha generado en el último par de décadas:

La mirada insolente

es una forma aguda como un clavo en la tierra,

contiene una porción horrible de sí misma

y apenas imagina

la depauperada humillación de estar

como si no,

del cuerpo que se arruga

y se encoge en su nudo primerizo

volviéndose ceniza, haciéndose invisible

materia degradada por el odio,

la paja que se prende con blandura.

La mirada insolente

acompaña a la mano, a la pierna insolentes

para apresar el cuerpo con el garfio del miedo

porque ella está tan sola y ya vencida,

herida de la queja y azotada

con el tizón de espanto que lleva el que es su ángel

del mal o de la ira.

La violencia insolente

hace temblar los márgenes del cuerpo

y en su lenta combustión como de encina

la tinta de las venas escribe ese calvario

cuando era profanado el templo de la carne

y en el aire se anotan garabatos, grafitis

con la voz enfangada y sucia de ese grito

que calcina los labios, las cuerdas de la boca,

“porque yo no sabía hablar

porque yo era analfabeta

porque yo era un bulto

porque yo no valía un duro”.

Oh cuerpo de papel para la hoguera.

2.

—¿Qué sientes al releer este poema 20 años después?

María Ángeles Pérez López se queda callada un momento, toma aire y responde:

—Pues el enorme dolor de que siga siendo presente. Recuerdo muy bien la impresión de escuchar la voz de Ana Orantes mientras en un programa de radio o televisión, ya no recuerdo, narraban su terrible asesinato. De fondo se oía esa voz. Y entonces Orantes ya no era una cifra, sino una mujer muy concreta, con una voz absolutamente singular, que estaba contando su pequeñísima historia, y reproduciendo esas palabras… Las palabras que le decía su ex marido, y había tal violencia en ellas… Había una carga de odio tan grande que ahora me pregunto cómo nadie pudo protegerla. Cómo no se le pudo proteger de una persona que con esa misma boca, con esas mismas cuerdas vocales, con esa misma lengua, con el mismo órgano fonador una vez le dijo que la amaba, después le dice que ya no vale un duro, que es analfabeta, que es un bulto… Entonces, lo que siento ahora es sobrecogimiento al pensar lo poquísimo que han variado las cifras. Lo poquísimo que hemos logrado transformar. Lo extraordinariamente grave que es todo esto, a pesar de que exista una insuficiente Ley Integral contra la Violencia de Género. Mirando atrás, me doy cuenta de que ya han pasado 20 años, pero el dolor se mantiene intacto. Y eso es demoledor.

Pérez López, poeta y profesora de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca, siempre ha estado preocupada por la corporalidad de la poesía. Por cómo la palabra puede repercutir en el cuerpo y viceversa. Por cómo la poesía puede ser también política . Por cómo introducir el debate feminista en un sistema editorial sexista. E incluso por cómo enseñar los nombres de esas autoras que muchos se empeñan en olvidar en las aulas que cada curso cuentan con su presencia.

Y cuando desde PlayGround es preguntada por la llamativa poca presencia de la violencia de género en la literatura española, ella misma reconoce que, efectivamente, este es un tema que apenas le ha preocupado a nuestras letras. Sin embargo, añade, “es importante constatar que aunque son casos aislados, sí que existen esfuerzos por visibilizar esta cuestión, como puede ser Amor se escribe sin sangre, una antología de mujeres que escriben en torno al maltrato”.

El libro al que se refiere María Ángeles Pérez López se publicó en España en 2015 de la mano de la editorial Lastura y en él colaboraron una veintena de autoras nacionales, entre las que se encontraban Tulia Guisado o María García Zambrano. A pesar del valor del proyecto, lo cierto es que el libro apenas tuvo visibilidad en la prensa o en la crítica, y hoy es muy difícil de encontrar en librerías de referencia.

También de difícil acceso en España pero de mayor repercusión tanto a nivel internacional como en redes sociales fueron las antologías de Cien mujeres contra la violencia de género. Estas recopilaciones, publicadas a partir de 2011 en Chile, México o Venezuela, querían ser un altavoz del hartazgo, el miedo y la ira que provoca atender a las cifras de asesinatos machistas en esos y otros países latinoamericanos.

Aunque se trate de propuestas similares, Amor se escribe sin sangre y las distintas ediciones de Cien mujeres contra la violencia de género nacen de contextos y tradiciones muy diferentes. Si en América Latina las poetas y narradoras —en femenino, porque son mayoría— están acostumbradas a retratar esa violencia para batallarla desde la literaturaChicas muertas, de Selva Almada; Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez; Antígona González, de Sara Uribe; Telarañas, de Regina José Galindo; Bitácora de mujeres extrañas, de Esther M. García; Ca(z)a, de María Auxiliadora Álvarez…— en España, como adelantábamos antes, esas referencias son muy leves.

Más allá de la antología mencionada, cuesta encontrar escritores que desde la ficción o la poesía hayan siquiera mencionado el tema. Es más, la primera vez que preguntamos por esta cuestión a la poeta y editora Elena Medel, su respuesta fue la siguiente: “¿Sobre violencia de género? Si te soy sincera ahora no podría darte ningún ejemplo”.  Medel no habla por hablar. No lo hace ni de oídas ni de memoria: durante los últimos años ella se ha dedicado a una búsqueda incesante de esa poesía olvidada del siglo XX, la escrita por mujeres.

Durante el proceso de investigación de su proyecto Cien de cien, Medel ha leído y estudiado la obra de más de un centenar de poetas, y en ninguno de los casos ha encontrado referencias explícitas al tema. Según ella, la ausencia —o, si lo queremos, la presencia velada— de esta cuestión en nuestras letras se podría deber a que aún es un tema desagradable en el imaginario colectivo. O incluso a que al contrario de lo que ocurre con las nuevas generaciones de escritoras latinoamericanas —sobre todo las nacidas en los 70 o en los 80— para las que hablar de estos temas más común, en la sociedad española todavía no se ha terminado de abrir el debate necesario para que quienes escriben den el paso definitivo. 

Como apunta Medel, todavía hace falta romper un tabú que, a pesar de encontrarse de manera intermitente en los medios de comunicación, aún está “demasiado vinculado a la propia intimidad”. Pero es que la violencia de género como tal rara vez se nos narra desde el otro. A este respecto, el editor Marcus Versus recuerda poemas sueltos, de tono reivindicativo, que algunos autores recitan en las jams poéticas que frecuenta. Según cuenta a PlayGround, en esos círculos es común escuchar las voces de jóvenes poetas —como Ana Palaniuk, con quien también charlamos en este medio a propósito del acoso en la literatura— comprometidos con destapar ese tabú ante el micrófono.

Desde la narrativa, los ejemplos también son escasos. Resulta llamativo que ante cuestiones políticas recientes y de gran envergadura en nuestro país, como pueden ser la crisis económica o el 15-M, la proliferación de novelas al respecto haya sido mucho más abundante que ante una lacra social como es la violencia de género. Es cierto que existen relatos en los que un personaje secundario narra una historia de maltrato. O novelas en las que ciertos personajes femeninos se dan apoyo entre sí para defenderse de una sombra autoritaria masculina. O incluso thrillers en los que el asesinato a una mujer es el centro de todo, pero al mismo tiempo, no lo es.

De acuerdo con el novelista Antonio Mercero, muchos autores de novela negra que retratan violencia de género en sus libros no lo harían con una voluntad de reivindicación, sino como un simple efecto de trama. “Da la impresión de que una víctima femenina sacude más que una masculina, por alguna razón que a mí se me escapa, y por eso los asesinos en estas novelas se fijan más en las mujeres que en los hombres”. De hecho, mercero acaba de publicar El final del hombre, donde aparecen retratados algunos personajes —un marido maltratador, un acosador sexual— que según sus propias palabras son “hombres que todavía no se han dado cuenta de que esos tiempos de prevalencia masculina ya se han terminado”.

Entonces, si los tiempos de prevalencia masculina han terminado. Si en los medios de comunicación, aunque lentamente, retratan de una manera cada vez más justa la violencia machista. Si entre los jóvenes escritores existe esa conciencia y esas ganas de romper el silencio… ¿ Cuál debería ser el papel de la literatura en la lucha contra la violencia de género? ¿Es necesario este debate? ¿Cuándo y quiénes deberían iniciarlo?

3

En realidad, la producción literaria alrededor de la violencia machista sí existe en España, y se encuentra sobre todo en la no ficción. Basta con echar un vistazo a los ensayos, entrevistas e investigaciones de Nuria Varela, o con releerse algunas de las columnas más memorables de Rosa Montero al respecto, para darse cuenta de que el espacio existe. En páginas como Vida sin violencia, además, hay artículos o listas de recomendaciones de libros que abordan la temática. Muchos de ellos son manuales de autoayuda, otros son cuentos empoderadores, o incluso clásicos del feminismo más o menos inaccesibles.

De recuperar, promocionar y visibilizar a estos clásicos y a sus autoras se ocupan en Clásicas y modernas, asociación por la igualdad en la cultura de la que la escritora Laura Freixas es presidenta de honor. Consciente de nuestras dudas sobre el papel de la literatura en la lucha contra la violencia de género, Freixas nos respondió haciéndonos llegar una columna de su autoría publicada en 2014 en La Vanguardia. “Cultura y maltrato” era el título de ese texto en el que se desgranaban algunas de las producciones cinematográficas o literarias de los últimos tiempos en los que se había abordado el maltrato.  

Pero la lectura más interesante de Freixas se encontraba en la idea terrible de que en realidad, si nos fijamos bien, la violencia hacia las mujeres ha existido siempre en literatura, otra cosa es que hasta ahora nunca la hubiéramos detectado. Desde del rapto de Europa hasta la poesía española contemporánea, la violencia hacia la mujer es palpable. La violación, el engaño, los golpes, y hasta el regodeo o el ensañamiento eran cosas que estaban ahí, muy cerca, entre nuestros libros favoritos. Freixas analiza también la manera en que la poesía amorosa escrita por hombres pone a menudo a la mujer en una situación de vulnerabilidad, ante la mirada posesiva y condescendiente de poetas como Pablo Neruda, quien llegó a describir su deseo como “un amor asesino”.

Quizá esta reflexión de Freixas sea otra respuesta de por qué a nuestra literatura le queda tanto trabajo por hacer, tanto compromiso por demostrar.

También es probable que esta ausencia o este miedo a narrar la violencia tenga algo que ver con aquello que escribió Susan Sontag: “el cáncer sigue siendo un tema raro y escandaloso en la poesía; y es inimaginable estetizar esta enfermedad”. Así de tajante fue en La enfermedad y sus metáforas, un ensayo publicado en 1978, años antes de que, contradiciéndose su teoría, el cáncer pasara de de ser una dolencia vergonzosa e inconfesable a un recurrente tema literario. ¿Significa eso que sólo escribiendo derribaremos el tabú?, ¿que a fuerza de señalar y de airear el problema conseguiremos derrocarlo?

Ahora que están a punto de cumplirse 20 años de la muerte de Ana Orantes y de uno de los asesinatos machistas más crueles y tristes de la historia reciente de nuestro país, ¿no deberíamos al menos intentarlo?



Source link

قالب وردپرس

What do you think?

0 points
Upvote Downvote

Total votes: 0

Upvotes: 0

Upvotes percentage: 0.000000%

Downvotes: 0

Downvotes percentage: 0.000000%

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

“Una voz que vuelva a representarlos” | CFK, en Est…

Revelan que los virus informáticos pueden dejar una ciudad sin luz